Horacio Guerra, Ente Único y Singular

Horacio Guerra, ente único y singular, amado y perseguido a partes iguales; indomable personaje, incansable viajero que ha terminado su particular odisea. Pero sus proezas permanecerán en la memoria de muchos.

De casta le viene al galgo, su padre Antonio Guerra ya es una personalidad indiscutible entre el variopinto mosaico de celebridades cacabelenses. Don Antonio, industrial farmacéutico y con una gran visión de futuro fue capaz de entender el potencial del viñedo berciano convirtiendo su bodega en una de las primeras en comercializar vino embotellado en España y creando una de las marcas más antiguas del país.

Horacio comenzó desde temprano una azarosa vida en la que tomó el mundo por montera, y desparramó a lo largo de los cinco continentes su ingenio, audacia y picardía codeándose con la flor y nata de la farándula de su época.

Su carácter licencioso le incitó a abandonar tempranamente su casa paterna para ejercer como voluntario en el olvidado servicio militar. Su destino: Melilla, donde sirvió durante tres años y tal como nos cuenta nuestro amigo Emilio Bolado, «al llegar yo un año más tarde que Horacio, éste ya era enormemente popular entre todos los estratos de la sociedad melillense».

Habitual en los mejores locales de moda de la ciudad, dejaba a las jovenes melillenses patidifusas con su tarjeta de presentación, «Horacio Guerra, Actor Cinematrográfico»; y no era para menos pues ya había realizado sus primeros pinitos en el mundo del cine trabajando como extra en la pelicula de 1959 Molokai, la Isla Maldita.

Horacio Guerra en otra de sus películas, «Las Ruinas de Babilonia».

Pero donde mejor se desenvolvía Horacio era entre lo más alto del escalafón militar. Cuando Bolado, recién llegado, atendía una de las tediosas guardias nocturnas, asustado vio llegar a la comandancia a nuestro ilustre aventurero bien entrada la noche. Eran horarios intensamente prohibidos, en una época en que estas prohibiciones bien traían penosas condenas.

– ¿Quién viene ahí a estas horas? – vociferó el estrellado mando.
– Horacio Guerra, mi General – respondió asustado el joven Emilio.
– ¡¡Dile que pase!! Le estamos esperando.

Y en efecto, Horacio estaba haciendo esperar a lo más granado de los mandos del cuartel; ¿qué se traería entre manos? Nada más importante para Horacio que una clandestina timba nocturna en la que participaba con frecuencia con los gerifaltes militares.

Impenitente buscavidas e incansable relaciones públicas que llegada la época de navidad recorría las calles de Melilla de negocio en negocio felicitando las fiestas en nombre de los vinos Guerra y de su amado Bierzo. Recibiendo de vuelta gratificación verbal y económica de buena parte de los visitados.

Mil historias de la mili e incontables en su vida que darían para un libro, y como alguien dijo un día: «si me cuentan que Horacio Guerra es Jesucristo, yo me lo creo». ¡LARGA VIDA A HORACIO GUERRA!

Referencias: Foto de portada – Diario de León. Foto «Las ruinas de Babilonia» – FilmAffinity.

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