Con la fiesta a otra parte

Cuentan nuestros mayores que antes en El Bierzo todo el mundo era conocido por su mote. El apodo venía marcado bien por una característica física, Pepe el Chato; por un oficio; Gelín el Pintor; o por su procedencia, Extremadura.

Las festividades religiosas eran siempre una excusa para la xuntanza, como era el caso de las fiestas de San Eustaquio en Otero de Ponferrada. Para honrar al santo patrón de los cazadores, la cuadrilla unía fuerzas en torno a un pesado pellejo de vino que con denodado esfuerzo procesionaban en alzas cual animal patiatado hasta el prominente templo.

El pellejo albergaba las últimas gotas del vino del año que, antes de ser añejado, iba a saciar la sed de los jóvenes bercianos en la alegre romería. Largo y empinado era el camino, y trabajoso resultaba llevar consigo tan preciado elixir, así los romeros de vez en cuando empinaban el codo para aliviar el lastre de la pesada carga pellejuda.

En la Iglesia de Santa María de Vizbayo, edificio de estilo románico a la falda del Monte Pajariel, se concentraban las más atractivas faldas de la pedanía ponferradina, que provocaban los desvelos de los fogosos zagales. Y es que aguantar los plomizos sermones del párroco del pueblo bien merecía un premio.

Todavía algunos recuerdan la festividad del 50, en la que el nombrado Extremadura, más feo que un ocho, y siempre objeto de escarnios por la escasa prodigalidad en que presumía de su cartera, causó sensación en la rolliza María, bondadosa moza del pueblo, aunque algo bruta en sus formas, quizás motivado por el hábito de tratar demasiado con animales.

Los mozalbetes habían llegado a lo alto del Otero con el pellejo de vino mediado, y al alcanzar el templo, ante la amenazadora mirada de María, mudaron su voz, y sus canciones mundanas evolucionaron hacia otros cánticos espirituales más propios de la situación. Extremadura, tan lento en sus reacciones como escueto en sus agasajos, fue el último en entonar el estribillo profanador, y recibió un violento pescozón de María.

Durante la ceremonia, los efluvios del morapio junto con el cachete recibido revolotearon por la sesera de Extremadura en lucha desigual. Sentía rabia por haber sido abofeteado, pero también sonreía tontamente por efecto del sopapo. Una vez en el atrio, ya reunido con sus jóvenes compinches, Extremadura pareció recobrar el juicio comenzando de nuevo con cantos de júbilo, entonación de melodías populares, y prosiguiendo el generoso jarreo de líquido elemento.

María, con aire violento y protector, acercó a la cuadrilla una nutrida selección de viandas procedentes de la economía familiar. El grupo celebró con jolgorio y zarabanda la llegada de los manjares, y al unísono vitorearon a la oronda muchacha. Pálido y ruborizado recibió de nuevo nuestro héroe otro violento azote.

Algo achispadas las gentes, empezaron algunos a desaparecer y es entonces cuando María, dominando la situación, cogió de la mano al vergonzoso galán y lo condujo a conocer el Campo de las Danzas, donde suponemos con dedicación ambos se entregaron al abandono de la carne.